noviembre 2, 2020 - diciembre 12, 2020

Mischa Dabul

Lo Ingobernable

Grafopoiesis, la capacidad viva del dibujo ingobernable

Las obras que componen Lo ingobernable fueron hechas por Mischa Dabul con un único y muy personal procedimiento, echando mano de las mismas herramientas y materiales para todo el conjunto. Sin embargo, tratar de identificar cada uno de sus elementos sería un acto asombrosamente artificial puesto que al observar sus delicadas piezas podemos inferir que la vida, en su ingobernable brotar, las realizó.

Todo ser vivo es, según el biólogo Humberto Maturana, un sistema cerrado que está continuamente creándose a sí mismo y, por lo tanto, reparándose, manteniéndose y modificándose. El ejemplo más simple que podemos imaginar es el de una herida que, más temprano que tarde, sana. En este punto, la biología y la filosofía se dan la mano –o el codo– para ponerle nombre a la capacidad creativa de lo vivo: la poiesis. Estamos frente a un acto de pura poiesis –señala Martin Heidegger– cuando observamos «la flor florecer, la mariposa salir de su capullo, o la caída de una cascada cuando la nieve comienza a derretirse». Vivo es todo lo que está cambiando. Las obras de Mischa Dabul son también el indicio de una vida desplegada –una gráfica vital, un lenguaje recientemente pronunciado–; en tanto vida, ella participa como herramienta y materia; es tan herramienta como el plumín y tan material como lo son la tinta y el papel.

Es tal el grado de identidad entre las partes –insisto ¿acaso no es Mischa ella misma un procedimiento?– que esta exposición podría pensarse como una vivisección de la artista: obras a flor de piel que son también cuerpos ocupando, junto con las personas que lo visiten, el espacio de la sala. Los leves paneles de tintas azules y reminiscencia japonesa tienen, curiosamente, la misma altura que la artista; paneles en los que la translucidez deja en evidencia el proceso de sumar capa sobre capa y así ir descubriendo –¿o será cubriendo?– lo que habita en lo profundo de la esencia; paneles que muestran una grafopoiesis, o la capacidad viva de un dibujo que se fue dictando a sí mismo mientras la artista apenas parecería intervenir, dejando que su hombro, brazo, codo, mano, dedos, sean simples instrumentos de eso que crece en azul o en negro, allí, frente a sus ojos.

En otra parte de la sala, abriéndose a una poética más doméstica encontramos una mesa –signo preferencial para representar el trabajo– que da cuenta de cómo la artista procede en su tarea de escuchar al dibujo. Está cubierta por las obras tal como son realizadas antes de colgar verticales. Para apreciarlas en sus detalles, tenemos que inclinar nuestro cuerpo y adoptar un gesto que se parece mucho a la entrega; se nos invita a girar alrededor de la instalación dada la capacidad de ser observadas sin un punto de vista privilegiado.

Me gusta imaginar a un Dios que, en lugar de jugar a los dados, está hace un rato con la mirada fija pero perdida en algún punto lejano garabateando dibujos sobre un papel cósmico. Un Dios que se deja llevar por esa guía que, antes de apoyar el plumín, ya existía en forma de tinta líquida e informe. Una guía que se encauza al tocar el papel en una, dos, tres, cientos de líneas concatenadas. Líneas que dan la trama de una piel que crece sin más dirección que aquella dictada con tal sutileza que apenas sí se escucha su voz. Porque cuando observamos las obras de Mischa Dabul tenemos la intuición directa de que existen otros tiempos y otros espacios; sus obras son indicios de que es posible, de que todavía quedan líneas que fugan al ritmo del día a día. Frente al atolladero al que nos empuja la prepotencia de un tiempo que no para y un espacio cada vez más reducido al ámbito doméstico, los extraños grafismos epidérmicos de Mischa exponen, con sutileza, un modo de estar vulnerables pero presentes, demasiado presentes.

Mariana Rodríguez Iglesias Nuñez, primavera de 2020

Mischa Dabul nació en Buenos Aires, Argentina, en 1991. Realizó un taller de artes visuales junto a Sergio Bazán. Participó de la clínica de Cazadores de Arte (Manuel Ameztoy, Alejandra Roux, Augusto Zanela) y de una clínica de arte junto a Tulio de Sagastizábal. Estudió Arquitectura y Estudios Urbanos en la Universidad Torcuato Di Tella, donde se desempeña como docente.

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Leo Cavalcante

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