K28794 S/T (Sosiego) - Serie
K28794 S/T (Sosiego) - Serie "Formas en el Fontainebleau"
Acrílico sobre papel
108 x 208 cm
2021
K28793 Ceibos pottery
K28793 Ceibos pottery
Acrílico sobre papel
55 x 135 cm
2021
K28719 Cobalto - Serie
K28719 Cobalto - Serie "Formas en el Fontainebleau"
Acrílico sobre tela
91 x 158 cm
2021

Gastón Herrera

En sintonía con este tiempo de excepción que estamos viviendo, voy a dedicarle, en esta nueva galería, más espacio que el habitual al escrito de presentación y comenzaré por contar una historia. La historia, que es obviamente más compleja aún de lo que mi resumen expondrá, de la porcelana azul y blanca. Historia que nos confirma que el arte, la cultura en general, se conforma como un intrincado tejido de intercambios, influencias, imitaciones, préstamos y robos. La cerámica de Delft (llamada Delft blauw, esto es azul de Delft), la clásica loza fina azul y blanca que se popularizó por toda Europa, surgió en el siglo XVII en esa ciudad de los Países Bajos, gracias a artesanos -en su mayoría italianos productores de mayólicas- que buscaban competir a un mejor precio con la tan solicitada porcelana traída desde China por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Los motivos tradicionales chinos que decoraban los jarrones, vajillas y azulejos pronto comenzaron a ser desplazados por la representación de personajes y paisajes típicos de Holanda, reproducidos con exquisito detalle en el clásico azul cobalto. La porcelana de Delft se hizo muy popular en Europa, influyendo en el desarrollo de la cerámica de otros países como Inglaterra, España y principalmente Portugal. Incluso fue exportada a China y Japón, donde pronto comenzaron a producir réplicas, para exportar a su vez nuevamente a Europa.

Los clásicos y delicados dibujos azules que decoran la porcelana china (y que la cerámica de Delft imitaba) deben su color a los óxidos de cobalto que se emplean porque son de los pocos pigmentos que pueden soportar las altas temperaturas que requiere la cocción de la porcelana. Pero esta decoración de la porcelana que fascinó a los europeos no se originó en China, sino en la Mesopotamia medieval. Artesanos musulmanes de Basora comenzaron a producir una cerámica que quería imitar la calidad y el brillo de la porcelana blanca que, en una forma muy limitada y onerosa, provenía de China. Los artesanos de Basora decoraron la porcelana blanca con óxidos de cobalto, por la razón antes mencionada, y también porque había una antiquísima tradición local de emplear el color del lapislázuli como ornamento.

Cuando la creación de rutas marítimas facilitó el comercio con China, esta porcelana azul y blanca fue exportada al país asiático, donde, gracias al cobalto traído desde Persia, fue rápidamente replicada (al comienzo conservando incluso inscripciones en árabe), alcanzando un gran desarrollo en el siglo XIV. Esta porcelana azul y blanca comenzó a exportarse masivamente a Europa en los siglos XVI y XVII, lo que nos lleva nuevamente al comienzo de nuestra historia: el Delft blauw

Aunque los trabajos de Gastón Herrera no se restringen al azul cobalto, ni a los diferentes tonos de azul, sino que se despliegan en una paleta más amplia, sus paisajes y personajes, que pivotan entre el arte culto y lo popular, el acento puesto en el tratamiento artesanal de sus obras y el gusto por el detalle preciso y minucioso lo vinculan con la cerámica holandesa.

La época de oro de la cerámica de los Países Bajos, es también la época –y la geografía- del microscopio y del telescopio, y en sus motivos se reflejan esa primacía de la vista, esa atención al detalle sin jerarquías, donde aparecen descriptos con precisión los molinos lejanos en el horizonte, los niños jugando en primer plano o las ramas de los árboles pobladas de flores o aves. Minuciosidad descriptiva que es la de la ciencia, pero también la de la clase social que la posibilita, una burguesía comercial en ascenso, acostumbrada a mensurar tierras e inventariar posesiones y mercancías. En las obras de Herrera esa manía descriptiva, como en una novela de Robbe-Grillet, es llevada al paroxismo. Si en los encantadores paisajes de la cerámica holandesa lo cercano y lo lejano, lo natural y lo artificial eran pormenorizados en igual medida, aquí el detalle prolifera en una forma inquietante, como lo hace la vegetación en su serie Casas de Quequén. En los meticulosos trazos que configuran los dibujos de Herrera, realizados con una habilidad digna de los mejores artesanos de Delft, también se exceden -con mucho humor en la mayoría de los casos- los límites del realismo y la verosimilitud, así como se funden múltiples y heterogéneas influencias, desde la pintura de Constable a los comics, pasando por el estilo típico de los azulejos holandeses que aquí hallan, reemplazando la cerámica por madera, su versión criolla.

Si, en general, uno encuentra un aire melancólico dominando en la obra de Gastón Herrera, probablemente se deba a que en muchos de los trabajos la vegetación proliferante, que parece imponer su lógica al dibujo, se muestra en camino de recubrirlo todo, en una indiferenciación que confirmaría el segundo principio de la termodinámica. Posiblemente sea esa puesta en evidencia de lo irreversible de los procesos naturales lo que se sobrepone incluso al humor y nos deja, además de la melancolía, una inquietud sutilmente ominosa.

Daniel García para Pag. Web Bazar Americano.

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