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Criaturas Celestiales

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Página 12-Radar

05.11.2013

Artista: Nicolás Trombetta

CRIATURAS CELESTIALES

El fotógrafo Nicolás Trombetta vive en Buenos Aires, pero pasa tres meses al año en Mar de Ajó, su patria sentimental. Y fue en la costa atlántica donde creó y fotografió a los seres de Errantes, una serie de siete imágenes extrañas e inaprensibles que podrían ser humanas o no, que ponen a la fotografía a jugar con la naturaleza, las formas y la ficción.

Por Angel Berlanga
“Destinados a bucear en lo infinito y detenidos en tiempos desconocidos, su andar recuerda momentos comunes de una memoria vaga, como si fuese un sueño lejano que se repite y creo conocer. Si quisiera tocarlos no podría y si lo intentara presiento que mis manos se hundirían en sus cuerpos. Será mentira, ilusión o verdad…” Nicolás Trombetta escribe eso sobre las criaturas que componen su flamante muestra, Errantes, y puede apreciarse enseguida, en las siete grandes fotos que componen la exposición en Praxis y también en el sentido de las palabras que él mismo usa para contarlas, el carácter inaprensible y extraño de las imágenes que propone en simultáneo con la sensación de elementalidad, de esencias que remiten a sentidos y tránsitos por esta vida, por este mundo.
¿Pero son humanas las criaturas, los cuerpos que fotografía Trombetta? Uno piensa que sí, que pueden ser algún eslabón perdido, o alguna evolución posible, y también piensa que no, que quizá sean variables extraterrestres. Alegorías: humanos a través del tiempo. Los rasgos de sus caras no son visibles ni identificables: ¿tienen? Apenas se ven, en una fotografía, las manos y los pies desnudos de sus dos protagonistas. Entre las imágenes, que no tienen título, ni están situadas, ni fechadas, esta es singular por más de una razón: sólo en esta brilla la luz del sol, en el ocaso; sólo aquí puede verse una construcción, abandonada, en ruinas; y en esta luz que se está yendo, en este fracaso esquelético de estadio y refugio y escenario, es la única imagen en la que aparecen un par en compañía, compartiendo algo, porque en todas las demás los personajes son retratados en soledad, en apariencia sin registro alguno de que están siendo fotografiados.
Trombetta nació en la ciudad de Buenos Aires en 1972, pero tiene otra patria geográfica y sentimental en Mar de Ajó, al borde del Océano Atlántico: desde chiquito pasa tres meses al año en ese sitio, porque su abuelo había construido bien al sur del pueblo, frente a la playa, el Hotel Silvio, que ahí subsiste, firme. “Está alejado del centro y es medio mítico, para pescadores –cuenta–. El barrio se llama así por el hotel, que era el único sitio que tenía teléfono. Mi formación y mi experiencia están impregnadas por ese lugar, con todo lo lindo y todo lo feo que tiene, una maroma de sensaciones, y es ahí que decido hacer mis fotos. Yo tengo mis amigos acá en Buenos Aires, pero desde que nací voy todos los veranos y convivo ahí con turistas, visitantes que se acercan todos los años. Me parece además que el contraste entre los dos sitios me mueve de cierto eje, y encontrarme ahí con esos horizontes, con esa naturaleza mucho más extensa, con lugares donde hay más cosas por hacer, me invita a este juego de inventar situaciones, de crear ficciones, de hacer como un pequeño mundo paralelo, propio. También el ruido que se provoca en la atención al turista, cuando llega la temporada alta, genera una especie de necesidad de escape, de escapes para armar mi territorio. De ahí, entonces, salir a buscar un médano una noche, un atardecer o el mar y crear estos seres, que no llegan a ser humanos, que son como unos entes que se transforman. Podría ser por ahí.”
En el origen de sus fotos, entonces, está la búsqueda de lo alternativo: “Justamente, es como quitarle cierta humanidad al humano –dice Trombetta–. Sacarle identidad y jugar con eso. Y poner en duda ciertas cuestiones, qué somos, quiénes somos, dónde nos creemos ser algo. Corrernos de ciertas seguridades y hacerme preguntas, trabajar desde lo que yo no sé. Ahí se producen lugares de extrañamiento, y eso me interesa.” En esta muestra, dice, los cuerpos parecen cambiantes, mutan y llevan como una velocidad propia. “También busqué que se impregnen de la naturaleza, que convivan bien –agrega–. Que a través de la técnica ese ser pertenezca ahí.” Cuenta Trombetta que él mismo arma los trajes de sus criaturas, junto con los amigos y/o compañeros que después serán los actores, dice, y que con ellos discute qué fotografía harán, y cómo, pendiente a la vez de alguna idea previa y de lo que salga sobre el pucho. Materiales para los trajes: algún mameluco, vellón, guata, luces de led para algunas cabezotas iluminadas, bolsas de residuos negras. “Eso también tiene la fotografía, que a veces los elementos son una porquería y parecen buenísimos –dice–. Siempre hay algo de verso: nunca le creas del todo a una foto.”
De acuerdo: las fotografías de Errantes son increíbles. ¿De dónde salieron estas criaturas, a qué tiempo pertenecen, por dónde andan y qué hacen, exactamente? En la noche, contra unos tamarindos, un ser oscuro hace en el sitio unos movimientos muy veloces, indescifrables; en la grisura, en un paisaje ceniciento, otro ser claro y lanudo parece erguirse y sacudirse el polvo; un bulto padece en la orilla la bruma y los lengüetazos del mar; una criatura estilizada y cerca de la transparencia, la primera de la serie de cabezas iluminadas, encara el oleaje con determinación; otra presencia oscura, emparentada con la primera descripta en este párrafo, parece todavía más veloz, una sombra inaprensible, la desaparición en el instante previo. Las siete fotografías están numeradas y puede entreverse o imaginarse la cifra de una historia, pero Trombetta no concibió la muestra así, al menos conscientemente, dice: “Me parece que combinan, que cada una aporta a la otra, pero cada imagen también podría estar sola –explica–. Traté de que sea una muestra sintética: tenía algunas fotografías más, que era posible sumarlas, pero busqué acá más insinuar que desnudar todo. Dar más espacio de entendimiento a las cosas, o de experiencia y de disfrute”.
Dice Trombetta que con esta exposición volvió a las situaciones en la naturaleza, continuidad con las primeras producciones que exhibió. “Mi muestra anterior se llamó Hotel, fue en el interior de uno de acá, de Buenos Aires, y era una ficción mucho más citadina, que también me gustó: seguramente volveré con algo que tendrá que ver con eso –sitúa–. Pero la naturaleza me llama, diría que es como mi lugar mentor, donde me siento cómodo, en mis tiempos. Como cambio, podría hablar de esta pérdida de identidad de los personajes, de usar la fotografía de una manera más rápida, sin luces artificiales exageradas, trabajando más desde la luz que cada momento me daba, sin poner grandes cosas técnicas. Me parece que fue un trabajo que pude hacer más suelto y creo, a la vez, que eso tiene que ver con un registro documental que vengo haciendo en Mar de Ajó desde hace tres años: ando con una camarita pequeña, fotografiando lo que veo, una fotografía más clásica, de oficio. Eso incidió en cierta fluidez.”
“Me interesa la idea del ser que avanza a lugares desconocidos, que se golpea y se vuelve a levantar, que lleva consigo una fuerza interior que va más allá, digamos, de ciertas formas que sé domésticas –explica Trombetta en torno del nombre de la muestra–. Esa fuerza innata que lleva cada uno. Me parece, además, que es una característica que lleva a corrernos de nuestro eje, de nuestra individualidad. Está bueno mirar al errante, y mirar también nuestro errante: podría funcionar como espejo.” Dice Trombetta que cuando piensa, piensa en imágenes, y que esas imágenes son fotografías. Agrega: “La fotografía trae implícito, me parece, algo de realidad, algo de ensoñación, mentiras. Y eso me permite crear, jugar entre realidades y ficciones. Pareciera que nunca nada está acabado: me cuesta llegar a algo tajante cuando veo una foto”. Quizá tampoco acabe esta nota, entonces, quizá sólo señale aquí unas huellas, la dirección de una galería y unas preguntas sobre unos seres, unas criaturas, quiénes.