Desde el jardín
“Un tornado arrasó a mi ciudad
y a mi jardín primitivo”
Luca Prodan.
Podríamos decir que la pintura de Romina Salem no tiene el repliegue cuidadoso de lo femenino ni el acicalado metódico de una geisha, tampoco el despojo ascético y melancólico de un ermitaño. Sin embargo el universo iconográfico y emocional que moviliza no está tan lejos de esos temas.
Su producción no es compulsiva sino más bien escasa. Sus materiales son nobles, cuidados, de colores llamativos y de naturaleza definitivamente femenina.
Pero ¿Qué pasa cuando nos encontramos con esa contradicción? O ¿hay tal contradicción?
La pintura de Romina es un riff de guitarra a la hora del té. Es un jardín cimarrón que nos desafía como una jungla. Una pintura tan masculina como el feminismo, que emula lo delicado pero está pintada a lo bestia, donde la forma se desborda a tal punto que cuando no hay gesto hay ansiedad. No le preocupan los bordes o delimitar las formas, ni aclarar el horizonte, esa tarea queda para el espectador que al entrar debe concluir mentalmente el paisaje o perderse definitivamente en su cataclismo.
Ignorando el riesgo manotea, vuelve la zozobra en materia, en gesto que rebalsa; Romina compone como un jardinero que intenta restaurar el desastre provocado por un tornado.
Como buena anfitriona nos ofrece un banquete compuesto por flores, hojas y delicias silvestres extraídas del vergel de Rosa, su vecina con vista al mar. Salvaje y doméstica, refinada y descuidada, hermética y permeable. Trata un tema simple y lo desmenuza hasta encontrar su complejidad.
Romina es pintora, jardinera y tornado, que llevando como única brújula su intuición, transita por el enigma de la protección y el combate.
T. Espina y M. Giaconi.