abril 16, 2015 - mayo 30, 2015

Christian Carle Catafago

Monumentos a la deriva

POR ANA MARTINEZ QUIJANO

Como los antiguos viajeros, Christian Carle Catafago regresó de una de las regiones más heladas de la tierra con un tesoro: las imágenes de unos témpanos imponentes. La expedición había demandado, además de un complejo desafío tecnológico, compenetrarse con la naturaleza. El artista y la cámara -esa prolongación del ojo que es su herramienta- pasaron a formar parte del mismo universo. Luego, cuando los retratos de los formidables témpanos fueron transportados al papel, adquirieron un poder hipnótico, el poder que hoy atrapa la atención del espectador. La lente de Christian Carle Catafago ha logrado perforar las apariencias y los elementos muestran lo que verdaderamente son. En esas moles blancas habita lo inconmensurable. Basta mirar las imágenes con detenimiento para acceder a la esencia, al ser de las cosas. Acerca del sofisticado proceso fotográfico, Carle Catafago observa: “Por respeto a la grandeza de esos icebergs elegí una cámara panorámica similar a las del siglo XIX. Trabajé con tiempos de exposiciones prolongados a pesar de la dificultad que representa tomar fotografías desde un barco, ¡donde todo se mueve!” La visión de los hielos desprendidos del continente antártico despierta resonancias en el inconciente estético, trae a la memoria los sentimientos que generan los grandes monumentos, ejerce esa misma y poderosa seducción. Al acercarse a ese lugar extraño surge un sentimiento cósmico, mientras la soledad más extrema exacerba la percepción de la belleza sublime. Un mundo blanco interrumpe la línea nítida del horizonte y transmite algo que sobrepasa el placer que depara la contemplación. Las extrañas perspectivas de la arquitectura de hielo ostentan una belleza excesiva, una belleza que lastima. Esas presencias fantasmales cuyo rumbo suele ser incierto, se desplazan en un tiempo amenazante. Arrastran consigo la condición de la belleza que para Rilke es “el comienzo de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar”[1]. Si bien el origen de los témpanos se remonta a un pasado remoto y “eterno”, su destino irreversible es deshacerse en el océano. “Estos gigantes pueden desaparecer en semanas, los veo como un símbolo de la aceleración de nuestro tiempo,” señala el artista. Su pensamiento coincide con el de Paul Virilio cuando sostiene: “La velocidad redujo el mundo a la nada”[2]. Los hielos están allí, ante nuestros ojos, retratados en la inmediatez de su presente en plena fuga y con la marca de un futuro todavía invisible que implica su fin. El tiempo se ha encarnado en la materia. [1]Rainer Maria Rilke, Primera Elegía de Duino. [2]Paul Virilio, declaraciones al diário “Página12”, 20 XI 2010

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