Mariana Ferrari

Similitudes lejanas, afinidades secretas

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Similitudes lejanas, afinidades secretas


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Mariana Ferrari

SIMILITUDES LEJANAS, AFINIDADES SECRETAS

Por Ana Martínez Quijano

Hay obras cumbre del arte que, a través de los siglos, mantienen la capacidad de transmitir su significado inagotable.  La pintura de la tucumana Mariana Ferrari, tan ligada al primitivismo del origen como a la capacidad y el deseo de incentivar recuerdos,  crece y se extiende, poderosa.
La Mujer con parva de heno exhibe la exuberante identidad de los bosques del Norte argentino, identidad subrayada con unas pinceladas toscas que cruzan espontáneas la inmensidad de una pintura- mural. La contemporaneidad de la obra se percibe en la ejecución y en la superficie terrosa. Pero de un modo impreciso la pintura deja ver los rastros de la historia en la cual se inspira: su referente ineludible.
Una sombra cubre el rostro de la mujer como un antifaz; ella introduce sus brazos  dentro de una parva semejante a las fauces de un león. Estos dos enigmas de la imagen movilizan el  inconsciente estético y arrastran la memoria hacia un pasado que, mirado desde la perspectiva del presente, se vislumbra lejano como un espejismo. Las visiones de las parvas de Monet reverberan bajo el sol. La imagen de Ferrari,  con sus muy lejanas similitudes y sus afinidades secretas, cita la sensación de plenitud que depara el encuentro con esa pintura impresionista.

Para referirse a la dilatada vida del arte que, “tiene más de memoria y más de porvenir que el que la mira”, Georges Didi-Huberman, observa: “Estamos ante la imagen como frente a un objeto de tiempo complejo, de tiempo impuro: un extraordinario montaje de tiempos heterogéneos que forman anacronismos. En la dinámica y en la complejidad de este montaje  las nociones fundamentales como la de ‘estilo’ o la de ‘época’, alcanzan de pronto una peligrosa plasticidad”[1][1].

La Mujer con parva de heno es impura, indisciplinada y anacrónica. Los artistas renunciaron hace  décadas a la pasión, al gesto expresivo y el énfasis de las pinceladas, modalidades ajenas al predominio del cinismo lúcido y desencantado de la producción actual.  ¿Y qué decir acerca del anacronismo del Indio? A pesar de su rústica tipicidad, el salvaje tiene en su rostro y en el modo de empuñar el arco, una actitud que lo emparienta con el gesto heroico de La Libertad guiando al pueblo de Delacroix.   Y no es mucho decir. En el devenir de la historia, el heroísmo, al igual que la igualdad y la fraternidad están en franca retirada, pero la búsqueda de  la Libertad cobra fuerza y se encarna en los rasgos amplios, excesivos, de una artista empecinada. Los ecos de la gloriosa pintura de Delacroix  no se escuchan con la dimensión que invita a la lucha, pero la nostalgia de ese viejo llamado se aviene a comparecer en la hora actual.
Con el estímulo visual como única arma de combate, una artista acierta a despertar “evocaciones penetrantes” de otros tiempos y de otros ideales, reclama una intensidad que se niega a reaparecer, aunque el concepto y el sentido perduran y se perciben como un aguijón.
En el mundo del arte reina una nueva conciencia estética. Las vertientes se multiplican mientras la abstracción y el conceptualismo llevan las de ganar. Luego, las fronteras entre los géneros (instalación, fotografía, performance, ambientación, site specific, escultura, dibujo, video)  se desdibujan,  pero la pintura expresionista o neo expresionista o mala pintura, ha perdido vigencia.  Entretanto, a contracorriente del mainstream descrito y de las categorías habituales, Ferrari presenta su Joven comiendo una manzana.  Y la come con voracidad. Con sus rasgos aindiados el protagonista deja al desnudo sus apetitos y deseos.  Su hambre se extiende hacia todas las cuestiones de la vida.  Y la velocidad de ejecución de la pintura delata la urgencia de la demanda.

[1][1] Georges Didi-Huberman, Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2005, p.13.