Christian Carle Catafago

MONUMENTOS A LA DERIVA

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MONUMENTOS A LA DERIVA


Artista Exhibido:

Christian Carle Catafago

 POR ANA MARTINEZ QUIJANO  Como los antiguos viajeros, Christian Carle Catafago regresó de una de las regiones más heladas de la tierra con un tesoro: las imágenes de unos témpanos imponentes. La expedición había demandado, además de un complejo desafío tecnológico, compenetrarse con la naturaleza. El artista y la cámara -esa prolongación del ojo que es su herramienta- pasaron a formar parte del mismo universo. Luego, cuando los retratos de los formidables témpanos fueron transportados al papel, adquirieron un poder hipnótico, el poder que hoy atrapa la atención del espectador. La lente de Christian Carle Catafago ha logrado perforar las apariencias y los elementos muestran lo que verdaderamente son. En esas moles blancas habita lo inconmensurable. Basta mirar las imágenes con detenimiento para acceder a la esencia, al ser de las cosas.  Acerca del sofisticado proceso fotográfico, Carle Catafago observa: “Por respeto a la grandeza de esos icebergs elegí una cámara panorámica similar a las del siglo XIX. Trabajé con tiempos de exposiciones prolongados a pesar de la dificultad que representa tomar fotografías desde un barco, ¡donde todo se mueve!” La visión de los hielos desprendidos del continente antártico despierta resonancias en el inconciente estético, trae a la memoria los sentimientos que generan los grandes monumentos, ejerce esa misma y poderosa seducción.   Al acercarse a ese lugar extraño surge un sentimiento cósmico, mientras la soledad más extrema exacerba la percepción de la belleza sublime. Un mundo blanco interrumpe la línea nítida del horizonte y transmite algo que sobrepasa el placer que depara la contemplación. Las extrañas perspectivas de la arquitectura de hielo ostentan una belleza excesiva, una belleza que lastima. Esas presencias fantasmales cuyo rumbo suele ser incierto, se desplazan en un tiempo amenazante. Arrastran consigo la condición de la belleza que para Rilke es “el comienzo de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar”[1]. Si bien el origen de los témpanos se remonta a un pasado remoto y “eterno”, su destino irreversible es deshacerse en el océano. “Estos gigantes pueden desaparecer en semanas, los veo como un símbolo de la aceleración de nuestro tiempo,” señala el artista. Su pensamiento coincide con el de Paul Virilio cuando sostiene: “La velocidad redujo el mundo a la nada”[2].   Los hielos están allí, ante nuestros ojos, retratados en la inmediatez de su presente en plena fuga y con la marca de un futuro todavía invisible que implica su fin. El tiempo se ha encarnado en la materia. [1]Rainer Maria Rilke, Primera Elegía de Duino. [2]Paul Virilio, declaraciones al diário “Página12”, 20 XI 2010

 

MONUMENTS ADRIFT

Like an ancient traveler, Christian Carle Catafago returned from one of the iciest regions on earth with a treasure: striking images of ice floes. The expedition meant not only facing a complex technological challenge but also delving into the depths of nature. Artist and camera—that extension of the eye that is his tool—came to form part of the same universe.     

When printed on paper, the portraits of those formidable floes took on the hypnotic power that today captivates the viewer.

Christian Carle Catafago’s lens penetrates appearances; things show themselves for what they really are. Those white masses hold the infinite. A close look at his images takes us to the essence of things, to the core of their being.

Regarding the sophisticated photographic process, Carle Catafago states, “Out of respect for the grandeur of the icebergs, I chose a panoramic camera of the sort used in the 19th century. Despite the difficulty of taking photographs from a boat where everything moves about, I used long exposure times.”

The images of these masses of ice floating off of Antarctica resonate in the aesthetic unconscious, recalling the sensations we experience before great monuments. These images exercise the same powerful allure.  

Proximity to such a strange place gives rise to a cosmic feeling and extreme solitude heightens the perception of sublime beauty. A white world interrupts the clear horizon line, conveying something that exceeds the pleasure of contemplation.

The strange perspectives of the ice’s structure are excessive in their lacerating beauty. These ghostly presences that follow an unknown course move in a menacing time. They bear beauty which, for Rilke, is “nothing but the start of terror we can hardly bear.”[1]

While the ice floes may date back to a past remote and “eternal,” their fate is, irremediably, to come undone in the ocean. “These giants can vanish in a matter of weeks. I see them as a symbol for the acceleration of our times,” states the artist. His thinking is akin to that of Paul Virilio when he says, “Speed has reduced the world to nothing.”[2]

The masses of ice are there, before our eyes, portrayed in the immediacy of a present in full flight and with the mark of a still invisible future that implies their demise. Time is thus embodied in matter.

 

 Ana Martínez Quijano

 

[1]Rainer Maria Rilke, The First Duino Elegy.

 

[2]Paul Virilio, statement to Página12 newspaper, Aug, 20, 2010.

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