La pintura de Martín se apoya en la luz menos dramática de Caravaggio, en el sol más melancólico de Vermeer, en la densidad crepuscular de Morandi y en su propia mirada reservada. Pero el tiempo y la luz parecen ser los verdaderos pilares de sus cuadros. Los vidrios, las lozas, las frutas y los hombres son apéndices de la eternidad. Su pintura genera en el espectador el mismo silencio que representa.