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about Praxis and
its artists.

Hogar, dulce hogar, y sobre todo el imaginario

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Ambito Financiero

23.09.2015

Artista:

 

 

Por: Ana Martínez Quijano

 

AMBITO FINANCIERO

22/09/2015
La Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires despliega hasta el 4 de octubre diversas actividades y una serie de exposiciones en museos, centros culturales y fundaciones, desde el Malba hasta la Fundación Proa de La Boca, pasando por la megamuestra de la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta.

 

“Un mundo feliz” se llama la muestra que inauguró la galería Praxis para acompañar la Bienal, integrada por los artistas Fabiana Barreda, Romina Orazi, Marcela Astorga, Gaspar Libedinsky, Rodolfo Marqués y el dúo Alfio Demestre y Mariano Giraud.

La arquitectura, tema central de las obras, abarca reflexiones, cuestionamientos, propuestas e interrogantes sobre un presunto “mundo feliz”. Los artistas suelen contar historias y en esta ocasión relatan los sueños del pasado y del presente mientras se proyectan hacia el porvenir.

“La mirada sobre el futuro es en sí misma una visión hiperbólica del presente que logra mostrarnos con toda crudeza cómo los sistemas se van perfeccionando y destruyendo en un mismo movimiento”, señala Cecilia

La referencia a la novela del británico Aldous Huxley (1932) y a la arquitectura visionaria de la modernidad -con sus consecuencias en ocasiones adversas- es aplicable a la obra de Libedinsky, “Cuckoo”, realizada en colaboración con Heidi Kumao. Inspirada en la cárcel de Caseros, un modelo ejemplar de 85.000 metros que luego de 21 años tuvo que ser demolida al igual que el Albergue Warnes, la obra cuenta la historia de un preso. El artista diseñó una arquitectura mínima, una casita de pájaros, el clásico Cucú con el boquete tapiado. En los seis pisos de la galería se oyen los golpes de maza que intentan romper el pequeño muro. Finalmente, caen los escombros y se abre una salida al exterior. Libedinsky aclara que su historia es mínima, culmina cuando el personaje que se asoma por el hueco “se cuestiona si permanecer en su limitado mundo o arriesgarse a volar, o caer, desde las alturas”.

La casa de madera del “Proyecto Hábitat” de Fabiana Barreda se divisa en medio de la proyección de un bosque. La imagen baña la construcción de madera con los resplandores que se cuelan por el follaje. Desde los inicios de su carrera, Barreda trabaja la arquitectura como tema, pero sobre todo como espacio ideal para representar la condición femenina. En su memorable reconstrucción de la casa de cristal de la arquitecta italiana Lina Bo Bardi se tornaba evidente la analogía que establece la artista entre el cuerpo de la mujer y la casa.

La obra actual está inspirada en los arquitectos nórdicos Alvar Aalto y Arne Korsmo, que impusieron la http://www.ambito.com/diario/noticia_ee.asp?id=808509 1/3

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moda de las construcciones de todo tipo de objetos en madera. Barreda realizó una casita y le agregó un árbol a su lado, la obra es una maqueta y casi parece un juguete. Pero su proyecto, a través de las formas básicas de un refugio, habla de un modo tan discreto como elemental de la necesidad -en ocasiones irresuelta- de encontrar un lugar para habitar este mundo.

Los severos problemas de vivienda y planeamiento urbano están planteados a través de una instalación que no elude la belleza. El intenso atractivo visual y retiniano del “Proyecto Hábitat” no va en desmedro de la profundidad conceptual y del poderoso mensaje social y político. En la puerta de la casa, Barreda colocó una orquídea, el gesto se adivina como un desafío al rigor teórico de “Ornamento y delito”, célebre texto del arquitecto Adolf Loos, enemigo de las volutas del Art Nouveau y pionero de las líneas puras del urbanismo moderno.

La obra “Doble paisaje” de Romina Orazi -una mesa y dos sillas envueltas en una argamasa de barro, musgo, plantas, colocadas sobre una alfombra de tierra donde brota el pasto- ocupa un breve espacio frente a una ventana. Allí palpita la vida. Orazi domina el oficio: aclara que su obra y las plantas que la habitan se reproducen continuamente. El sistema que retroalimenta las plantas se llama autopoiesis, y consiste en que cada una de las partes del todo permanece en un estado de comunicación continua con las demás. Así se desarrollan estrategias dinámicas de supervivencia. Orazi plantea que su instalación-paisaje responde a la idea de una “comunidad utópica” cuyo objetivo es devolverle a la naturaleza su condición paradisíaca. Más allá de las cuestiones orgánicas, el sistema autopoiesis posee una lectura del orden social que invita a evocar el espíritu utópico y revolucionario de Rousseau cuando observa que “queriendo formar al hombre en la naturaleza, no se trata de hacer de él un salvaje y de relegarlo al fondo de los bosques sino que encerrado en un torbellino social, basta con que no se deje amedrentar allí por las pasiones ni por las opiniones de los hombres, que vea por sus ojos, que sienta por su corazón y que ninguna autoridad le gobierne, fuera de su propia razón”.

Marcela Astorga homenajea por su parte a los edificios cuya la piel ha brindado cobijo a quienes vivieron en ellos. La pasión de la artista por el cuidado del cambiante paisaje urbano y los restos que las construcciones, inspiró una obra forjada con los delgados alambres usados como sostén de la arquitectura, plantada como un rulo en el muro. La evidencia de esta dedicación se refleja en un intento de sanación: Astorga cubrió con gasa algunos fragmentos de columnas “lastimadas”, con el claro propósito de tocar la sensibilidad. El recuerdo de la lección de John Ruskin en el texto “Las siete lámparas de la arquitectura”, se vuelve inevitable: “Velad con vigilancia sobre un viejo edificio; guardadle como mejor podáis y por todos los medios de todo motivo de descalabro. No os preocupéis de la fealdad del recurso de que os valgáis; más vale una muleta que la pérdida de un miembro. Y haced todo esto con ternura, con respeto y una vigilancia incesante y todavía más de una generación nacerá y desaparecerá a la sombra de sus muros”.

Alfio Demestre y Mariano Giraud pegan un salto en el tiempo, se remontan al siglo XVI y se inspiran en las novelas de Rabelais, “Gargantúa y Pantagruel”. La violenta historia de los protagonistas, “Los Gigantes”, le brinda el título a la obra. Sobre un pedestal, una cabeza gigantesca modelada por ambos artistas, devora las ciudad, a su alrededor quedan los restos de su banquete. Demestre y Giraud cuentan que la idea de la obra comenzó a consolidarse cuando supieron que, en la costa de una isla de Irlanda, existe una formación con 40.000 columnas de basalto de 60 millones de años. “La calzada del gigante se formó después de alguna erupción de algún volcán ya extinto”, agregan. De este modo, a partir de una ficción y el conocimiento de una formación natural, surgió idea de crear la cabeza. El Gigante, aseguran los artistas: “sale de lo más profundo del mar y devora arquitecturas antiguas, sistemas de creencias sin sentido, devora caducidad y vomita naturaleza geométrica, básica, formas despojada del elemento humano, un ser sobrenatural de vive por sobre la vida biológica, compuesto de muchos objetos inanimados ensamblados por alguna fuerza extraña”. Este universo coincide con el género de ciencia ficción y, más que nada, con la irrealidad del mundo de Huxley. Mientras Demestre y Giraud imaginan

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el canibalismo urbano, Huxley describe la manipulación genética, la clonación y las drogas, en una sociedad futurista que controla a cada individuo. “Un mundo feliz” es una cárcel sin muros, el lugar más difícil para escapar.

Entretanto, en la realidad de la provincia de Buenos Aires, Rodolfo Marqués planea culminar una obra cercana al Riachuelo que se encuentra a medio terminar y se llama “Construcción postergada”. La finalidad consiste en albergar a quienes durante el día trabajan en la Capital Federal y regresan por las noches al conurbano, reponen fuerzas y vuelven al siguiente día. La construcción pretende solucionar el problema de viviendas previsto para los años que vendrán y, sin embargo, continúa postergada. El artista diseña soluciones y presenta sus obras realizadas en madera. “Las miradas de los artistas de ‘Un Mundo Feliz’ van desde la distopía a la utopía. Ellos imaginan historias que habitan construcciones originalmente pensadas para el bienestar y el cuidado, aunque algunas con consecuencias azarosas”, concluye Molina.

 

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