ARTISTAS

Captura de pantalla 2013-01-03 a las 18.55.27.png

Adolfo Nigro

Orilla de septiembre
LA ORILLA
la playa
El Barco - Alta.jpg
escanear0012

INFORMACIÓN DEL ARTISTA

El artista trotamundo

Podríamos llamarlo sin equivocarnos: trotamundos. La presencia permanente de la aventura perdura en las múltiples facetas del artista plástico Adolfo Nigro. Y el “mundo” fue y es para él la apropiación de lo cotidiano materializado en su obra. En su taller, sus pinturas, dibujos y figuras narran ciudades, maestros, influencias. “La vida va entrando a mis cuadros, yo puedo contar cada uno de ellos. Acá mi hija Trilce volando con un pez”. Habla de sus obras con el mismo cariño que cuando nos cuenta de sus seres queridos. Nigro termina de contar el cuadro y dice: “Todo tiene un nombre”.
Es en su Rosario natal donde lo cotidiano deja la primera huella en sus maneras de expresar y decir. “Pintar fue para mí como un destino. Comienzo a pintar de muy pequeño junto a mi hermano gemelo Jorge, ante la mirada complacida y el aliento de mis padres”. El carro, las ruedas, la chacra, las noches de luna, el río apacible. “La base de mi formación en Rosario es afectiva, de allí recuerdo mis juegos de la infancia. Mi familia era muy humilde, pero era una gran familia. Vivíamos juntos tía, tíos primos, mucho amor. Yo me crié en ese ambiente de alegría. En Buenos Aires es diferente, mi padre se viene a Buenos Aires a trabajar a una fábrica y allí cambia todo el panorama, mi relación con esa ciudad es de rechazo porque además enseguida tengo que ir a trabajar. ¿Qué infancia, trabajar a los 13 años?”. Sin embargo, recuerda con alegría “el período que con mi padre tuvimos carro y eramos feriantes de la estación de Nuñez. Recuerdo que cruzaba con un carro Cabildo y Republiquetas, yo lo manejaba lleno de verduras”. Son imágenes que aparecen en su obra “Viaje a Munro”. “El personaje que está arriba es el quintero que trabajaba con nosotros”, nos cuenta Nigro, “Él se venía con el carro cargado y desbordado de tomates enormes. Rufino se llamaba”. “Nos gustaba ir al mercado de Abasto, ibamos a las 3 de la mañana, era un sacrificio. Mi papá ahí era poderoso, yo veía como elegía y compraba. Aprendí de él a manejarme comercialmente: así manejo la venta de mis cuadros”.
Además de las enseñanzas de su padre, en Buenos Aires se encarna en la cotidianeidad del conventillo. Los inmigrantes, la lucha por la vida, las cartas que llegan y no olvidan, las tías que arropan y un tío que incentiva la lectura de revistas de historietas como las de Oesterheld. Entonces Nigro nos cuenta que Héctor Germán Oesterheld, su creador, era ya un argumentista prestigioso cuando lanzó sus dos primeras publicaciones de historietas, Frontera y Hora Cero. “Oesterheld había incursionado un año antes en la edición de los libros de bolsillo dedicados a Bull Rocket (una de sus creaciones que continuaría en la revista Misterix de la Editorial Abril) y al Sargento Kirk. La primera revista, Hora Cero, nació con una marcada orientación hacia un nuevo tipo de historieta bélica a la vez que pacifista, aunque esto parezca una paradoja. Y Frontera, como su mismo nombre lo anunciaba, con argumentos de tema “de frontera”, vaqueros, oeste, indios”.
Luego, ya en Buenos Aires, estudia en Bellas Artes. “Uno va a la escuela de Bellas Artes pensando que allí le van a enseñar todo lo que falta. Y nadie enseña todo lo que falta, la obra la desarrolla uno mismo con su experiencia. Cuando era chico todo lo leía en los libros, pero en realidad aquí no existía esa realidad. Yo vivía en un conventillo en una pieza y pensaba en Arlés y lo veía a través de los cuadros de Van Gogh, entonces siempre soñé irme a Arlés, a París. Todos queríamos ser como Van Gogh”. Es más tarde, cuando consigue ir a Arlés, cuando viaja a Europa y puede recorrer los museos y conocer las obras de los artistas que admira, que logra sintetizar: “No hay que copiar, hay que influenciarse. Yo me influencio de Cezanne pero no copio a Cezanne. Tiene que haber un momento de semejanza y de imitiación. Todas las culturas imitan, pero todo cambia”.
Otro de sus mundos fue la calle. “Cuando salíamos de la escuela de Bellas Artes, volvíamos todas las noches junto al escultor Aurelio Macchi, con quien vivíamos. Nos mostraba las molduras de los edificios y nos enseñaba la historia del arte universal. Todo lo que decía lo anotábamos, lo dibujábamos”. Pero fue Víctor Magariños quien lo encauzó en el conocimiento de la pintura moderna y en los postulados del creador uruguayo Torres García. Para Víctor –según cuenta en el libro de Andrea Giunta “El objeto en la obra de Adolfo Nigro”–, Joaquín Torres-García “siempre buscaba vagamente al principio, un orden, un significado en la plástica que la hiciera armonizar con el todo universal”. Nigro agrega: “Este pensamiento de Joaquín Torres-García, a quien Víctor admiraba y me hizo conocer, expresa plenamente su posición como creador. Nos hablaba siempre del hombre creador, el hombre que desarrolla sus capacidades y que lucha para lograrlo en una sociedad injusta. La luz más pura para acompañar los sueños del hombre. Hablar en el lenguaje del universo. Hablar de uno mismo. Hablar de los otros”.
Mundo fue también su paso por San Pablo. Lo recuerda como “La posibilidad de conocer Museos con obras de artistas como Modigliani”. Mundo maravilloso y decisorio de reelaboraciones nuevas en la producción posterior de Nigro, fue también –y especialmente– Montevideo, donde decide radicarse en el año 1966. Es allí donde encuentra un grupo de pintores y artesanos que le brindan apoyo y amistad. Es entonces cuando definitivamente empieza a producir artísticamente y logra tener un taller. “Trabajaba incesantemente, fundamentalmente en artesanías. Lo hacía sin parar, había abandonado el trabajo de obrero para siempre”. En Montevideo realiza su primera exposición individual y allí se produce el encuentro con quien sería definitivamente su maestro, José Gurvich, uno de los discípulos más importantes del universalismo constructivo de Joaquín Torres-García. A la artesanía le sigue el collage: comienza a dar forma y contenido a sus nuevas creaciones de papeles pegados. “Juego con el papel, tomo la tijera como si fuera un pincel, trazo líneas y contornos en el aire, y creo”. De su maestro, nos cuenta: “Gurvich me dice un día: ‘Nigro, ¡tire todo! ¡Si ya lo sabe! ¡Puede ya romperlo todo!’ Otro día, viene y me dice: ‘Nigro, ¡termínela con esta paleta! Levántese azul’. Así te enseñaba. Acá nadie te enseña así, no sé qué enseñan”.
Otro de sus mundos fue Chile. En 1971, realiza allí tejidos sobre arpillera o cacharros esmaltados, verdaderas obras de arte singulares, donde lo aprendido como los dibujos constructivos o los modelos del arte indígena se estampa en su obra. En 1974 vuelve a Buenos Aires y desde entonces vive y trabaja allí. Pero sigue viajando. En 1975, viaja a Europa, Francia, Madrid, Holanda. Enriquece su mirada viendo las pinturas de aquellos que conocía sólo en los libros. Tapies, Miró, Picasso, Chagall, entre otros, predisponen a Nigro a nuevos desafíos. Y ancló en Barcelona en 1976. “Puedo pintar todo el día escuchando música catalana”. Es en esta etapa donde en lo temático, vuelve a sus orígenes, a sus recuerdos, a su Rosario. Lo necesita. El llamado proceso de reorganización nacional, la dictadura más sangrienta de nuestro país, provoca que su obra busque signos connotativos de poder y de denuncia. Aparece la palabra, el texto, la carta, los nombres. Lo entendemos como un rescate de la memoria, de lo que está lejos, de lo que ya nunca vendrá o de lo que simplemente quiere evocar.
Sus trabajos más recientes abordan las temáticas del agua, la tierra, el aire, el fuego; los elementos que toma del filósofo francés Gastón Bachelard. “Uno no puede elegir los elementos concientemente, vos estas trabajando con cualidades que son arquetípicas de los hombres, de otros tiempos, de otras edades y de otras tierras. El primero que me alerta de la idea del fuego fue Bachelard. Bachelard en su ensayo dice que el fuego está en la pasión. Pero el fuego no aparecía. ¿Qué es la pasion? Yo no sé qué es la pasión. Yo quiero verla”.

Biografía

Adolfo Nigro nació el 22 de septiembre de 1942, en Rosario.



Hijo de una familia obrera, emigró a Buenos Aires a principio de la década del 50. Estudió en la ENBAMB y en la ESBAPP. Durante esa época de formación, sus maestros más importantes fueron Aurelio Macchi, Diana Chalukián, Héctor Nieto, Antonio Pujía y, principalmente, Víctor Magariños, quien lo guió en la comprensión de la pintura moderna.



Sus primeras pinturas datan de 1957. Fueron realizadas con óleo y témpera, basadas en una figuración de planteos heterogéneos, oscilante entre resultantes realistas y soluciones sintéticas configuradas con manchas o líneas. En esos trabajos se vislumbran dos pilares característicos de su producción: la percepción del mundo real como punto de partida en la conformación de la imagen, y el empleo de los conceptos de totalidad y fragmento.



En 1966 se radicó en Montevideo. Allí realizó su primera exposición individual en la Galería U, junto con el pintor argentino Ernesto Drangosch. Además, inició un intenso período de formación en el taller del maestro Joaquín Torres García.

Por entonces, el dibujo a lápiz y pincel fueron las formas privilegiadas de producción. También realizó pinturas al óleo que gradualmente perdieron el carácter realista bajo las influencias del cubismo analítico de Pablo Picasso y Georges Braque.



Considerando las bases del realismo conceptual de Fernand Léger, el artista comenzó a visualizar el aspecto concreto de las cosas. Esa vía lo condujo hacia la simplificación de caracteres y la consecuente geometrización de la imagen.

A principio de los 70 dejó de pintar para dedicarse a la cerámica y al tapiz. A partir de esas modalidades se desvió del realismo para poner énfasis en las connotaciones simbólicas de vida, luz solar y eternidad, los cuales remiten directamente al arte precolombino.



En 1974 regresó a Buenos Aires y se dedicó de lleno a la pintura, comenzando a frecuentar en sus producciones el tema de la ciudad. Desde 1977 emprendió la realización de distintas series temáticas, siendo la tierra un tópico fundamental hasta  1980.



En 1982 se produjeron importantes cambios vinculados con el ámbito del objeto y el transcurrir temporal. Esas obras registran la sensibilidad de Nigro respecto del paso del tiempo y la precariedad de las cosas que conforman la realidad dura y asfixiante del país.



Con Ritmos de mar, el autor obtuvo el Premio Trabucco, otorgado por la ANBA en 1994. Esta obra integra el conjunto de trabajos relativos al tema del agua. Como en la mayoría de las piezas de ese período, las formas adquieren monumentalidad y esencialidad geométrica. Las mismas se hallan recortadas por líneas marcadas, cristalizando la estructura compositiva. Se trata de una imagen dinámica, plena en contrastes resueltos en torno a la compensación de pesos visuales.



Al finalizar los años 90 Nigro continuó indagando en las temáticas del aire, el agua y la tierra. Tres de los cuatro elementos que ha tomado del filósofo francés Gastón Bachelard.



Al comienzo de la década siguiente desarrolló una serie de collages de colores saturados, inclinándose por la integración de elementos cotidianos como cucharas, cajas de fósforos y alfileres. La utilización del signo geométrico como recurso continuó siendo una constante en esos trabajos que revelan la vinculación del artista con las culturas precolombinas.



Hizo exposiciones en Montevideo, Santiago de Chile, Buenos Aires, La Plata, Rosario, Madrid, La Habana, México, Nueva York y Miami.



Entre las menciones, se destacan: Segundo Premio, LXXVI Salón Nacional de Artes Plásticas 1988, Primer Premio, XXIV Salón Nacional de Grabado y Dibujo 1988, Gran premio de Honor, LXXVIII Salón Nacional de Artes Plásticas 1989, Primera Mención, II Bienal Chandón, MAMBA 1989 y, Premio Trabucco, ANBA 1994.



Vive y trabaja en Buenos Aires.